[Riu Arlanzón, Burgos. Fotografia de Ricard Garcia]

Hacía muchos años que habíamos aprendido extrañamente a querernos sin condiciones y a hablar sin temor de nuestra verdad. Por eso no nos hizo falta decir más, lo sabías tú y yo también. Nos estábamos despidiendo y no necesitábamos palabras, pero sí las manos y los abrazos y también la mirada, más cómplice que nunca esa tarde en tu casa, en silencio bajo el abedul de M., cuando te emocionaste en silencio al tocar mi libro y tus ojos me besaron tras leer lo que yo necesitaba decirte.

Tus actos sinceros, sencillos y sabios, me mostraron luego qué son la muerte y la vida y he sentido, desde esa tarde, como se secaba la corteza del tiempo. Pero hoy, tras la llamada de P. para decirnos que habías muerto, justo cuando he sentido que nuestros presentes se iban a convertir en recuerdos, he vuelto a leer todas tus cartas… y oigo tu voz, Mila, sigo oyendo tu voz y siento tus manos. Oigo como tu voz me habla de nuestros mundos y siento como tu mano, frágil pero firme, me empuja de nuevo a emprender caminos…